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Por Luis Fernando Lara

Hay veces en que las palabras no alcanzan para expresar la pesadumbre. Perdemos a un gran músico mexicano y universal, a un miembro destacado de El Colegio Nacional y a un amigo generoso, abierto, culto, y siempre de buen humor.

Como sabemos Mario Lavista fue alumno de Rodolfo Halffter y de Carlos Chávez. Diría yo que él y Eduardo Mata fueron los más destacados de esa generación; Mata se dedicó a la dirección de orquesta y Lavista a la composición; ambos nos dejaron una huella generosa para el futuro. Es difícil, para un mero aficionado a la música como yo, caracterizar la herencia musical de Lavista. Ahí están sus alumnos, como Javier Álvarez, Gabriela Ortíz o Ana Lara para hacerlo. Lavista se sumergió en la música de nuestro tiempo; tras la herencia de sus maestros, se dejó sembrar lo mismo de música francesa como alemana o estadounidense; sus obras evolucionaron a una expresión cada vez más quintaesenciada, hasta varias de las obras de los últimos veinte años -por así decirlo- en que exploró las tradiciones musicales religiosas. Ahí está, por ejemplo, el Requiem a las víctimas del 68, que estrenó en la UNAM.

En El Colegio Nacional, Lavista emprendió largos programas de difusión de la buena música; de la clásica, por supuesto, como el ciclo dedicado a los cuartetos de Beethoven, y de la del siglo XX y estos comienzos del XXI, como los conciertos en que se interpretaron obras de John Cage, de Janacek, de Bartok, de Chávez -por supuesto-, de Stravinski (el ciclo, aun no terminado, organizado junto con su hija Claudia y Sergio Vela, de funciones de La consagración de la primavera), y varios músicos modernos más. Alguna vez el Arq. González de León nos hizo el comentario, acertado, de que asombrosamente, nuestras generaciones no conocen la música de nuestra época. Lavista arrostró una tarea de difusión de esa música, de la que se olvidaron en la UNAM y en Bellas Artes. Lo digo, recordando el ambiente musical del México de los 60, en que en la Facultad de Medicina, en la Sala Ponce, en la Casa del Lago, podíamos escuchar ciclos completos que nos acercaban, por ejemplo, a Dallapiccola, a Stockhausen, a Scriabin, a Stravinski. Gracias a Lavista, El Colegio Nacional llevó a cabo esa tarea. Siempre tras una introducción a las obras y a los intérpretes que íbamos a escuchar, como el Cuarteto Latinoamericano o Bambuco, en que nos exponía los valores musicales de esas obras, el concierto era bien recibido en una Aula mayor abarrotada.

Mario solía organizar una comida de amigos en su casa todas las semanas; ahí se hablaba de todo: de música, por supuesto; de literatura; de cultura. Quienes asistíamos a ellas salíamos enriquecidos. Alguna vez platicábamos de la horrenda música que hoy se toca en las iglesias (con honrosas excepciones); él me comentó que, cuando sonaba esa música “Dios se salía de la iglesia”. Extrañaré siempre su cercanía. Adiós Mario.

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