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¿Extrañas tu casa? «Claro que sí», responde Nayeli una de las niñas hondureñas que el Instituto Nacional de Migración (INM), resguardo durante las redadas que implementaron este jueves en Veracruz.

Ella cree que está presa, dentro de las paredes del Auditorio Benito Juárez, inmueble que sirvió como albergue temporal de migrantes durante la noche del operativo.

Nayeli es una de las niñas que tuvo la fortuna de emprender el viaje a lado de sus papás y sus dos hermanas mayores, no estuvo sola como los 48 niños que se aventuraron por su cuenta en este viaje.

“Nos cayó migración y por eso nos metieron presos”, explicó.

-¿A quién metieron preso?

“A nosotros, es que a toda esta gente la metieron presa porque nos cayó migración”

Apenas tiene 5 años y comprende lo que les ha ocurrido; sabe que dejaron “su casita” para que sus papás pudieran trabajar en Estados Unidos; sabe que el viaje sería largo y siempre, siempre supo que si migración “les caía”, todo acabaría.

A pesar del miedo que sintió durante el operativo de resguardo, en su mirada inocente se observa aún la esperanza de poder reencontrarse con su tío, quien logró cruzar México para llegar a Estados Unidos y que desde hace ya varios meses los espera.

Los adultos no, ellos se muestran cabizbajos, desolados, saben que el viaje ha terminado; algunas mamás con sus hijos en brazos derraman lágrimas que rápido se secan con la mano para evitar contagiar su miedo a los pequeños.

Los hombres intentan verse fuertes, pero sus rostros lucen desesperados, dan vueltas de un lado a otro, la cancha de basquetbol en el que se acomodaron no es suficiente para recorrer, deambulan como leones enjaulados.

Muchos se han resignado y solo esperan su turno para subir a los autobuses que los llevarán a Acayucan para de ahí, ser repatriados.

En el auditorio hace calor, la humedad se siente, se suda; ha obligado algunos niños a denudarse y andar en calzones; los bebés solo traen puestos sus pañales que lucen ya esponjados por las horas que llevan con el.

Nayeli solo se dejó su pantaleta y una pequeña blusa interior, eso le bastó para refrescarse y poder correr a gusto en medio de las colchonetas y la gente acostada. Su cabello castaño claro y rizado está amarrado con una liga, algunos de sus chinos sudados se pegaron en su rostro.

Se acercó curiosa a preguntar si saldría en la foto, pues le daba pena no verse bien, interrumpió su juego para platicar de su experiencia, quería compartir con alguien “su aventura” y reiterar que migración los “agarró”.

– ¿Qué es migración?

“Ah, migración, migración es un país de robachicos”, dijo con aparente seguridad.

“Por eso yo no me suelto de la mano de mi papi”, agregó.

-¿Tu ibas a Estados Unidos?

“Sí, pero no llegamos por la policía, porque nos metió presos y mi tío nos estaba esperando”

-¿Estás triste de que no llegaron?

Antes de responder, su rostro cambio rápidamente, del semblante seguro que tenía, a una cara llena de dudas.

Unos segundos bastaron para aclarar su mente y responder confiada.

“No, porque vamos a llegar mañana”

Con ella, jugaban otros niños, que por momentos olvidaban lo que estaba sucediendo; de repente el auditorio se convertía en un salón de juegos, aunque la imagen de los migrantes resguardados era desoladora, los pequeños hicieron de alguna manera, más acogedor el lugar.

En medio de la cancha se encontraba el grupo descansando, a un costado, de lado derecho había una mesa con agentes de migración quienes registraban uno por uno a los indocumentados.

En el otro extremo había una mesa larga, en la que depositaron aguas embotelladas, tortas y utensilios para comida.

Frente a los resguardados estaban 3, a veces 4, agentes del INM vigilándolos sentados en unas sillas de plástico.

La entrada del auditorio estaba vigilada por personal de la Secretaría de Marina, Policía Estatal y más agentes del INM y afuera, en el estacionamiento, se observan patrullas y los camiones que esperan el traslado de los asegurados.

Ya casi es medianoche, el llanto de algunos bebés hacen eco en el lugar, mientras las risas de los niños más grandes se escuchan de fondo.

¿Naye, ya comiste?

“Comí leche con pan, pero no me gustó el pan, se lo di a mi mamá, es que no me gusta el pan, era salado, por eso es que no me lo comí porque lo miré bien feo”.

Se refería a una torta de jamón que les dieron para “aplacar las tripas”, a los niños les dieron leche y a los adultos agua.

Sus papás permanecían formados esperando su turno para registrarse con los agentes de migración, mientras, Nayeli y sus dos hermanas mayores jugaban en el lugar.

¿Ahora que van a hacer ustedes?

“Nos van a mandar para Honduras, ya no vamos a volver aquí por los policías, es que los policías meten presos por es que dicen que nos cayó migración”

Fueron las ultimas palabras de la pequeña Nayeli, antes de que sus papás le llamaran para reunirse con ellos.

De repente, un agente paso solicitando a un grupo de indocumentados que se formarán porque era su turno de partir; los señalados tomaron sus cosas, agarraron de la mano a sus hijos y callados, se enfilaron para esperar la orden y subir al autobús.

Ellos no decían nada, sus miradas parecían perdidas, tristes, sus cuerpos lucían cansados; la mayoría no podrá volver a internar salir de su país para buscar el “sueño americano”, pues saben que migrar cuesta y cuesta mucho.

Fueron 260 hondureños y guatemaltecos los resguardados por el Instituto Nacional de Migración en Veracruz; entre ellos casi 50 niños viajaban solos, el resto con sus familias.

Ese jueves 27 de junio fue el fin para ellos, regresaran a sus países a enfrentarse nuevamente al hambre, a la violencia y al desempleo. Estas familias solo buscaban una segunda oportunidad, una mejor vida para sus hijos.

 

 

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