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PAPANTLA, Ver. (Proceso).- El tufo se percibe desde lejos. Un vapor ácido penetra por la nariz, enrojece los ojos, reseca la garganta y baja por el esófago hasta provocar náuseas. El arroyo El Cepillo, que da de beber a más de 2 mil personas que viven en la comunidad El Remolino, se ha convertido en un flujo de petróleo. Reventó una de las docenas de tuberías que serpentean bajo las casas, ríos y cultivos del sureste mexicano.

“En las noches todo es peor y se agrava el ardor de los ojos. Imagínese la bebé… no para de llorar”, se queja Julia, una mujer que vive 100 metros ladera arriba de El Cepillo. Su nieta tenía apenas dos meses cuando la visitamos, y las tablas de madera con la que está hecha su casa no la aíslan de los gases tóxicos.

Toda la localidad coincide en que lo peor es quedarse sin agua. Al Remolino no llega la red municipal que sí atiende al núcleo urbano. Así que fueron los vecinos los que construyeron un canal que los abastece desde el arroyo. Por los gastos de mantenimiento y reparación cada familia paga una pequeña cuota mensual, pero no tienen planta potabilizadora ni análisis que aseguren su calidad. Llena de petróleo, no sirve ni para echarla al retrete.

El Remolino es una de las 73 poblaciones rurales del municipio de Papantla, la cuna de la civilización totonaca que construyó ciudades monumentales que ahora son reclamo turístico. Mil años después 45% de los habitantes de esta localidad siguen siendo indígenas, cinco de cada 10 viven bajo el umbral de la pobreza y no tienen una tubería que lleve agua a sus casas, según cifras del Consejo Nacional de Población. Lo que sí tienen son tuberías de crudo bajo sus pies y pozos entre sus pastos.

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