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En la época previa a la Revolución Industrial, cuando las familias del campo vivían del cultivo o la crianza de animales, la estructura del hogar se formaba sobre la idea de una familia numerosa. Desde una edad temprana, los niños ayudaban a los padres en las labores del campo y de la casa. Era más fácil distribuir el trabajo entre cinco o más hermanos que entre uno o dos.

Con el paso del tiempo, esta cultura de la familia unida por el valor del esfuerzo dio el brinco a la industria minera. Por ejemplo, al ser más pequeños, los niños tenían la habilidad de escurrirse entre pasajes angostos para transportar materiales. Sin embargo, el ambiente tóxico e inseguro de una mina demostró ser más nocivo para el desarrollo de un niño que los espacios abiertos de la granja familiar.

A partir del siglo XIX, con el amanecer de la era industrial, las ciudades le dieron la bienvenida a una explosión de familias migrantes que buscaban las oportunidades laborales que ofrecían las grandes fábricas. La mentalidad del campo también se vio reflejada en estos nuevos centros urbanos; no era raro ver a tanto niño con las manos sucias en las fábricas de diversas industrias, desde la siderúrgica a la textil, con tal de complementar los ingresos del hogar.

Pronto surgió un problema. Si los adultos eran explotados al punto de cubrir turnos de más de 12 horas por sueldos miserables, los niños eran una presa todavía más fácil ante los abusos cometidos por los dueños de los medios de producción. El niño obrero podía trabajar el mismo número de horas, por un sueldo menor y sin derecho a beneficios adicionales. Y si éste llegaba a quejarse, era de lo más fácil echarlo a la calle.

No fue sino hasta que se presentaron las medidas legislativas correspondientes -con el arranque del siglo XX- que los gobiernos de varios países comenzaron a reconocer los derechos de la clase trabajadora, y con esto, los niños dejaban de formar parte de la fuerza de trabajo. En México, esto quedó plasmado en el artículo 123 de su Constitución Política:

«Queda prohibida la utilización del trabajo de los menores de quince años. Los mayores de esta edad y menores de dieciséis tendrán como jornada máxima la de seis horas»

Sin embargo, así como la explotación infantil tuvo su auge en los tiempos previos a la emisión de una orden legislativa, la explotación infantil perdura en el terreno de la informalidad, y México siempre ha sido terreno fértil en esta materia, a donde no llega la jurisdicción del artículo 123.

La infancia en México

En México, es tan común ver a niños con una caja de mazapanes entre los vehículos atorados en el tráfico, como ver a niños recolectando frutas y vegetales en los campos agrícolas. El trabajo infantil está tan normalizado en la opinión pública que el 53% de la población no percibe aspectos de explotación en el desempeño de estas actividades. Esto quiere decir que poco más de la mitad de la sociedad mexicana ve a un niño trabajando y no le parece que haya algo fuera de lugar.

Esta inquietante cifra fue dada a conocer en 2013 por una encuesta realizada a través del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil(IPEC), proyecto adscrito a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), una rama de la ONU.

Dicha encuesta también reveló que el 77% de los mexicanos prefiere que un menor de edad se ponga a trabajar a que se ponga a delinquir, ignorando el vínculo que existe entre la lacra del trabajo infantil y la delincuencia, es decir, la pobreza extrema. El IPEC señala que la explotación no es un mecanismo de prevención del delito, sino una violación a los derechos humanos del menor.

La encuesta también resalta que en “México se culpabiliza a los padres de familia por el trabajo infantil (87% de la población), aún cuando también se reconoce que el problema se origina por cuestiones estructurales como la pobreza (82% de la población).” Este resultado es el reflejo de una sociedad en la que perdura la idea de que “uno es pobre porque quiere.”

Si tal fuera el caso, hay muchos padres “culpables” de ser pobres y, por consiguiente, de obligar a sus hijos a que trabajen. Según datos de la Comisión Económica para la América Latina y el Caribe (Cepal), en México hay 2 millones 217 mil 648 menores de edad que trabajan en la informalidad. Esto representa el 7.5% de toda la población infantil, lo que posiciona a México en el segundo lugar de América Latina y el Caribe con mayor prevalencia de trabajo infantil, (el primer puesto fue para Brasil).

Pero una causa no se vincula a otra. “No se puede culpabilizar a sus padres: es su pobreza la que lleva a los niños a trabajar,” indica Víctor Inzúa, profesor de la Escuela de Trabajo Social de la UNAM. “Hay que atender las necesidades de sus familias; si no, no se solucionará.” En efecto, miles de niños acompañan a sus padres en los cultivos para complementar el ingreso familiar, de lo contrario, no habrá otra forma de poner comida sobre la mesa.

Repasemos este dato. En México hay más de 2 millones de niños, entre 5 y 17 años de edad, que son privados de su niñez, de su formación, de su potencial y de su dignidad. ¿Por qué son tantos? Estos no son niños que ayudan a sus padres en las tareas de la casa, ni siquiera en los negocios familiares. Más bien son los menores que sacrifican su educación con tal de desempeñar una labor en la informalidad a cambio de su remuneración económica o la de terceros. En el peor de los casos, caen en las garras de actividades ilícitas como la prostitución o el narcotráfico.

Por supuesto, la explotación infantil está vinculada a otros problemas estructurales que afectan a los sectores marginales de la población, como el embarazo adolescente, el analfabetismo, la desnutrición, y un largo etcétera, pero la causa raíz sigue siendo la misma: la pobreza extrema. “Hay que abordar el problema de la pobreza familiar, que en la mayoría de casos es el que lleva a los niños al trabajo”, indica Gerardina González, directora de la OIT para México y Cuba.

Será un enorme desafío para el nuevo gobierno. Ante la indiferencia de la sociedad mexicana, la prevalencia del sector informal y una economía nacional frágil, millones de niños mexicanos seguirán creciendo en las calles y los campos de México bajo la crueldad de las leyes del mercado.

El 12 de junio se observa el Día Mundial contra el Trabajo Infantil.

Con información adicional de El País/ Noticieros Televisa

Ilustración principal: Cuemanche!

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