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El baile y la música viven en las venas de todos los habitantes del hermoso estado de Veracruz.

El estado de Veracruz lo tiene todo: ambientes calurosos y mares, playas de largas dunas y malecones, desiertos y montañas, secretos en la sierra que se pierden en la selva; una gastronomía exquisita, cafés con leche, los árboles de Xalapa y el calor de su gente. Pero, encima de todo, Veracruz es un estado entregado a la música y al baile. Está en la sangre de las y los jarochos la alegría del carnaval, las herencias africanas y el requinto del son.

Por eso, no nos sorprende que este año, el Municipio de Boca del Río se vista de gala para recibir uno de los más importantes eventos de música popular en el continente. A finales de mayo (entre el 23 y 26) figuras internacionales de la talla de Maelo Ruiz, Gilberto Santa Rosa, el legendario trombonista y chico malo Willie Colón, Oscar D´León y Víctor Manuelle, entre otros, harán bailar, cantar y gozar a miles de hombres y mujeres de todo país. Con el festival SalsaFest 2019, Veracruz se convierte en el epicentro musical de México… aunque, en realidad, siempre lo ha sido.

Éste es un breve recorrido por la música en el hermoso estado de Veracruz.

El rasgueo del violín y la voz que lo persigue

En el norte del estado de Veracruz existe un secreto musical que se esconde entre las cuerdas de tres instrumentos. El Huapango o Son Huasteco es la mezcla única del requinto huapanguero, la jarana y uno de los violines más prodigiosos de la música popular mexicana. Música de baile y de alegría, este hermoso género popular nació del mestizaje y expresa perfectamente el sincretismo del estado: ritmos africanos, tradiciones indígenas e instrumentos españoles se conjugan en una celebración de alegre encuentro.

El huapango se distingue de la música indígena en que no está ligada a celebraciones religiosas. Es una música de fiesta que se puede disfrutar, al igual, en una boda o en un bautizo, en una plaza, caída la noche, cuando el clima fresco invita al baile. Porque el Son Huasteco está intrínsecamente ligado al baile. Se dice que su etimología viene del náhuatl “cuahuitl” (palo, madera o árbol) que derivó en “cuauhpanco” o “baile sobre tarima”.

Como su primo, el Son Jarocho, el Huapango se baila con un zapateo cadencioso, el cuerpo erguido, para hacer sonar lo hueco de la madera. Los pasos de los bailarines son también instrumentos de percusión sonora y juegan constantemente con el ritmo y el volumen. El violín y el zapateado bajan su intensidad cuando entra la voz (voz falseada que recuerda las viejas herencias coloniales del canto jondo flamenco) y redoblan en fuerza cuando el verso se termina. Así, los danzantes piden la duración de la canción al indicarle a los músicos cuántos versos quieren bailar y la música se acopla a la energía y la disposición de sus cuerpos seductores.

Los nombres de los huapangos más tradicionales parecen ilustrar un imaginario colorido: El Caimán, El CaballitoLa Presumida y la HuasangaEl Querreque y El Taconcito. Pero el huapango también se improvisa y los cantadores, trovadores y versadores hacen complicadas composiciones al vuelo de las notas. Porque en el Huapango un violín suena, las cuerdas resuenan, los cuerpos bailan y una voz, a todos, los persigue.

La jarana y el arpa, reinas de la noche

En las regiones que se extienden desde el puerto de Veracruz hasta el estado de Tabasco, desde el Golfo de México hasta la Chinantla oaxaqueña, se extiende el Sotavento. De ahí son las jarochas y los jarochos, ahí nacieron, esa es su región y su cultura. Y esta región, en el corazón mismo de la identidad del estado, está relacionada intrínsecamente con una expresión musical única, rica y cargada de historia: El Son Jarocho. Así lo explica el historiador Alfredo Delgado:

«Podríamos decir que el Sotavento llega hasta donde llega el Son Jarocho, el popo, la rama, la quema del año viejo y la creencia en los chaneques.

Las creencias y las profesiones, la vida cotidiana y la vida sobrenatural, las frutas y el maíz, el correr del río Papaloapan sobre las llanuras del Sotavento y el ganado que se alimenta impasible. Ahí está la vida al fondo de uno de los géneros populares más reconocidos de México, un género que forjó la identidad de un estado:

«Podríamos afirmar que los jarochos son los habitantes del Sotavento. Se puede ser jarocho sin ser necesariamente veracruzano.Hay jarochos oaxaqueños y tabasqueños. Y hay veracruzanos que no son jarochos.

En este ambiente sociocultural, del mismo sincretismo de raíces prehispánicas, influencia de la música negra en el caribe y la herencia europea, nace el Son Jarocho. Muchos concuerdan en que el género se gestó en los albores del siglo XVIII y que fue cambiando de forma, por región, hasta establecerse en los parámetros que se rescataron con el nacionalismo del siglo XX. En cualquier caso, el Son Jarocho no nada más integra ritmos africanos y cosmogonía indígena, sino que mezcla las tradiciones musicales españolas entre los cantos populares y la muy certera influencia de la culta música barroca.

Mandíbulas de burro, arpas, violines, jaranas grandes o chicas, requintos de cuerda sencilla o doble, güiro, marimbol y cajón: el Son Jarocho recorre regiones y recoge instrumentos. A su paso, va dejando innumerables muestras de improvisación musical y en verso. Porque en el espíritu mismo de este género está la invención literaria, las frases picantes que salen de la nada y que riman en el aire del ritmo. Sextillas, octavillas y décimas son las armas de la versada y, todavía, en Tlacotalpan, hay viejos tejedores de palabras que cantan, sin perjuicio, inventando amores e injurias para los hombres… y para los dioses.

El caribe y el puerto

A finales del siglo XVIII un baile hacía la locura entre los marineros y los mulatos, los mestizos y los negros, el pueblo y los soldados. Era un ritmo que venía de lejos, de otros sabores tropicales, del caribe con racimos de plátano y sentires africanos: se llamaba el Chuchumbé y había llegado para quedarse. El puerto de Veracruz, puerto amurallado con la vista siempre puesta en el mar, recibió una enorme cantidad de influencias del caribe vecino, de los negros secuestrados en África y comerciados como esclavos, y encima de todo, de una pequeña y notable isla llamada Cuba.

El Chuchumbé vino de Cuba y pronto se transformó en otros géneros, dio vida y vivencia a otros deseos populares en la música del puerto. En el mero centro álgido de Veracruz se gestaba un nuevo romance entre México, África y el Caribe. Así lo explica el historiador Bernardo García Díaz:

«El Puerto, paulatinamente, iría adquiriendo, no sólo por los ires y venires culturales, sino por fenómenos demográficos y políticos, una singular impronta afrocubana que ningún otro puerto de México tendría. De hecho, es quizá casi la única ciudad mexicana que tiene todavía, en medio del tráfago de la globalización, un alma mexicano-caribeña.

En los siguientes dos siglos se desarrollaría el son cubano y el danzón heredado de Europa para refinarse en Haití y Cuba, criollo y caribeño. La música y la cultura del puerto veracruzano se empaparon entonces, como en ningún otro lugar de México, por la influencia de un mestizaje único. Así, en palabras del poeta español Juan Rejano:

“Hay momentos en que sin saber por qué, tiene uno la impresión de que Veracruz es la entrada a un país donde el mestizaje no lo han hecho los indios, sino los negros. La sandunga mulata, el gracejo, el destello de la sangre negra, se diría que ha rebrotado en este litoral.”

En la segunda mitad del siglo XX nació la fiebre por la música tropical, caribeña y cubana en el puerto. Una fiebre que daría vida a la creación, en los años sesenta, de las grandes sonoras heredadas, en forma y estilo, de la tradicional Sonora Matancera. En esa época aparecieron enormes conjuntos tropicales como la Orquesta Veracruz de Toño Barcelata. Y se fueron creando las orquestas tropicales a un ritmo que nunca se había visto en México.

“En la quinta década del siglo XX se viviría en el puerto de Veracruz una verdadera fiebre de música afrocubana. Fue la hora de los grupos como el Conjunto Tropical Veracruz y el Copacabana (primer conjunto tropical en México que utilizó el piano). (…) El formato que tuvieron estos grupos fue más complejo que sus ancestros inmediatos, los más sencillos grupos de son. Ahora, tenían dos trompetas, dos cantantes, dos ritmos y congas, bongós, un tres y un bajo. La aparición de este formato musical de los conjuntos y, más tarde, de las sonoras, no fue fortuita y, por supuesto, otra vez hay que acudir a la influencia cubana.” Explica García Díaz.

El amor del puerto de Veracruz por la música tropical, por el son cubano y el danzón, por las grandes orquestas derivó también en la llegada a México, antes del nacimiento de la Salsa, de grandes exponentes del mambo como Benny Moré y Pérez Prado. El mambo cubano encontró en México su segundo hogar y ningún estudiante de la capital ignora los mambos universitarios que llegaron a generarse en este fervor; como ningún cinéfilo aprecia que la época de oro del cine mexicano no existiría sin el mambo. Así lo explicó el mismísimo Gilberto Santa Rosa en su defensa de un México salsero:

“Por años la relación de nuestro género, la salsa, con México se ha ido estrechando y solidificando. Históricamente, los mexicanos han tenido relación con la música antillana, específicamente con la cubana, que como sabemos es la base y la raíz de nuestro género salsero. En los años cuarenta y cincuenta, el bolero, el son, el cha cha chá y especialmente, el mambo, formaron parte del repertorio nacional de música popular. Las famosas y recordadas películas de la época dorada del cine mexicano incluían fastuosos números de este tipo de música interpretada por los más grandes y mejores exponentes. Perez Prado, Benny Moré, Silvestre Méndez, Kiko Mendive, Antar Daly, Olga Guillot, La Sonora Matancera y los nuestros Daniel Santos y Bobby Capó brillaban con sus actuaciones musicales en estos filmes.”

En los años setenta, además, paralelo al desarrollo de la salsa con los chicos malos puertorriqueños en Nueva York, salseros de la talla de Héctor Lavoe, El Gran Combo, Willie Colón, La Sonora Ponceña e Ismael Miranda se aventuraron a venir a México. Ahora, con la nueva edición del Salsa Fest este 23, 24, 25 y 26 de mayo, no parece en lo absoluto fortuito que Boca del Río, Veracruz, reciba a los más grandes exponentes del género. Mientras los sonideros nacían en las calles de la colonia Morelos en Tepito, en la Ciudad de México, el puerto de Veracruz recibía y fomentaba a las orquestas, la música en vivo y su amor eterno por la música afrocaribeña, tropical y bailadora, que corre por sus venas.

Veracruz está identitariamente ligado a la música y al baile, sus tarimas públicas, sus jaranas y sus arpas, son otra expresión de su amor por los bongós, las trompetas y las congas. El requinto y las tumbadoras son amigos de expresión distinta en la misma identidad de un pueblo alegre que celebra, por el pagano gusto de celebrar, con ritmos que cruzaron océanos, en el sufrimiento colonial, para reivindicarse con gozo tropical. Todo el Caribe está en el ritmo de este hermoso puerto.

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