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Labia Mi papá murió antes de que yo terminara la preparatoria. Así fue como se desintegró la familia. Mi mamá y mi hermano se fueron a vivir con mis abuelitos y yo me fui con una hermana de mi mamá, porque mi papá así lo había decidido. A mi abuelito no le tenía confianza porque le faltaba al respeto a sus nietas.

Un día mi tía me contó unos chismes: un brujo le había dicho que yo había robado una cadena de oro y no sé qué otras cosas. Puras tonterías. Lo que creo es que ella quería que yo me fuera de su casa y se inventaba pretextos. Así que le comenté a una hermana de mi papá lo que me estaba pasando con la familia de mi mamá, y ella decidió recibirme en su casa.

A esas alturas yo ya había empezado a estudiar en la universidad. Tenía 19 años e iba muy avanzada en la carrera de turismo en la Universidad Tecnológica del Centro de Veracruz, pero tenía que trabajar. Lo hacía en una zapatería y una tienda donde vendían ropa y accesorios.  Un sábado me dieron media hora para salir a comer.

Fui al parque de la ciudad y a lo lejos vi a un chico. Parecía simpático, iba bien vestido y me miraba. Me observaba muchísimo, hasta que fue a tirar un envase vacío cerca de donde yo estaba; creo que lo hizo a propósito. «Hola, ¿cómo te llamas?», me dijo.

Empezamos a platicar. Me dijo que se llamaba Alex, que era de Querétaro, que tenía 25 años y estaba esperando a un amigo con el que iba a buscar empleados para que trabajaran con él en Puebla. Luego me preguntó: «¿Y tú a qué te dedicas?». Yo le dije que estudiaba y trabajaba y que ya se me estaba haciendo tarde, así que tenía que regresar a mi trabajo, me estaban esperando.

Él me pidió mi número de teléfono. Como tonta, se lo di, y él me dio el suyo, aunque fui sincera y le dije que no tendría dinero para contestar sus mensajes. Luego él sacó un billete de 100 pesos, pero le dije que yo jamás recibiría un peso de él. Si quería hacerme una recarga en mi teléfono, que lo hiciera. Después me puso crédito y solía llamarme y enviarme mensajes.

En los mensajes me decía que yo le gustaba mucho. Un día me harté de que me mandara tantos mensajes y le dije que si de verdad quería algo serio conmigo, que le pidiera permiso a mi familia. No tardó en decirme que sí; de modo que fue hasta mi casa a hablar con mi tía. Mi tía aceptó que fuéramos novios oficiales, porque lo veía mayor y parecía una persona responsable y amable.

Era alto, delgado, moreno y a veces los ojos se le veían aceitunados —creo que se ponía pupilentes—. Usaba un fleco, cabello lacio, vestía ropa entallada, por lo regular camisetas color fucsia o negras pero garigoleadas, y pantalones entallados, tipo acampanados, y zapatos picudos o tenis blancos. Tenía un automóvil Bora blanco que parecía del año. En ese carro llegó a ver a mi familia. Recuerdo que me sentía muy presionada porque el día que fue hablar con mi tía me dijo: «Es que quiero que te cases conmigo. Me gustas mucho». ¡Y apenas acabábamos de conocernos!.

No sé qué me pasó en ese momento y le dije: «¿Sabes qué?, aquí lo dejamos, yo todavía tengo que estudiar»; entonces él se enojó y se fue rápido en el coche. Le conté a mi tía lo que estaba pasando y me dijo: «Lily, eres una tonta, se ve que ese muchacho te quiere, es mayor y responsable». A mi tía le había dicho que él mantenía al hijo de su hermana y que de vez en cuando apoyaba a su familia, ya que tenía 7 departamentos en Puebla en renta y que iba por 15 y luego por 50 departamentos. Quería lucirse con mi familia y lo había logrado; entonces me arrepentí y le mandé un mensaje: «Te quiero ver, perdóname y todo el chorote». «Okey, ahorita ya voy en camino para Puebla, pero luego te voy a ver», me respondió.

Y luego me iba a ver, salíamos a comer o a cenar. Siempre se mostró como una persona respetuosa. Me proponía que me quedara con él en un hotel y yo le decía que eso no era para mí y él me decía: «Okey, si no quieres, por mí no hay problema, yo te respeto». Hasta que un día le mandé un mensaje para decirle que me tenía que mudar a otro pueblo de Veracruz a hacer mis prácticas profesionales.  Él me respondió enojado: «Quédate con tus estudios y la escuela, a ver si te dan amor y felicidad como yo». Después me dijo que si íbamos a terminar, había que hacerlo bien. Nos citamos en Córdoba, Veracruz, en el parque. Yo estaba muy triste y él trataba de convencerme: «Vente conmigo, estarás bien, si quieres, te puedo apoyar para pagarte la universidad». No te puedes imaginar la labia y el don de persuasión que tenía.

Así que, después de tanto insistir me convenció y me llevó a Puebla. Esa misma tarde nos fuimos. Le advertí que al día siguiente regresaría y que él tenía que respetarme, pero no fue así. Al llegar a Puebla hizo conmigo lo que quiso y al otro día me dijo: «¿Qué?, ¿te vas a ir?» Y yo: «No, ya no, ¿para qué?». Así que tuve que quedarme con él. Los primeros días me trataba bien, salíamos de compras y paseábamos como una pareja normal.

El príncipe de Persia

Durante los primeros días que viví con él en Puebla, de repente me empezó a platicar que tenía un amigo cuyas esposas trabajaban como prostitutas y que ganaban muy bien, hasta 20 mil pesos semanales. Otro día me dijo: «Si trabajaras para mí, ganarías mucho dinero»; luego empezó a hablarme de una amiga suya que era muy pobre y que tenía un hijo, a la cual él había ayudado explicándole cómo estaba el mundo de la prostitución.

Según él, su amiga se metió a trabajar y en un año había conseguido tener una casa grande de dos plantas en León, Guanajuato, así como una camioneta nuevecita de agencia. Me platicaba muchas de estas cosas que a mí no me importaban; también me decía que había tenido novias de Estados Unidos, de España, de Honduras, de Ecuador, de República Dominicana, y hasta de Kenia, África, así se llama ese lugar, ¿no? A mí me daba mucho coraje cuando me contaba eso.

Un día me soltó la pregunta directa: «¿Trabajarías para mí como prostituta?» Yo le respondí de inmediato que qué le pasaba, que si estaba loco. Después de eso, todos los días me preguntaba lo mismo. Luego empezó a insistir más cuando llegaba tomado. Me decía pendeja, loca, estúpida, que la mujer que no ayudaba a su marido valía mierda y que yo tenía que dar la vida por él, así como él la daba por mí.

Y ahora puedo ver que, como yo siempre me negaba, un día decidió cambiar de táctica y me invitó al cine. Yo estaba muy emocionada porque era la primera vez en mi vida que iba al cine. Fuimos a Cholula, Puebla.

Recuerdo que él me dijo: «Te voy a llevar a ver una película para que por lo menos digas que tu primer esposo te llevó al cine». Vimos la película de El príncipe de Persia. De regreso paramos en un restaurante y él me dijo: «Flaca, estás muy bonita, pero ya no puedo continuar contigo».

Empezó a contarme que su primera opción para casarse había sido la reina de la feria de Loma Bonita, Oaxaca, que la segunda opción había sido una chica de Acapulco, y la tercera opción había sido yo, pero como no quería ayudarlo tendría que dejarme. Siguió hablando mucho hasta que acabó diciendo: «Te ofrezco tres opciones: la primera es que te doy 300 mil pesos y te vas y terminas la carrera, pero entre tú y yo ya no habrá nada de nada»; la segunda opción era que me enviaría mil pesos semanales, aparte de ropa y comida, con sus empleados, pero que entre yo y él ya no habría nada; «la tercera opción es que te quedes a trabajar como prostituta para mí».

Me lo había puesto difícil. «Aquí no te voy a decir nada, mejor nos vamos al departamento y allí hablamos», le dije. Y otra vez pasó lo mismo; él me intimidaba, me minusvaloraba, me decía: «Tu papá ya no vive, tu familia no te quiere y, además, si regresas, ¿adónde irás?, si ni casa tienes». Todo eso me dolía porque tenía razón. Si yo regresaba con mi familia, ya no me querrían, ni me verían con los mismos ojos. Bueno, por desgracia y después de insistirme mucho, acepté la última propuesta que me había hecho. Él andaba súper contento y hasta me llevó al pueblo a ver la tumba de mi papá antes de que yo empezara a trabajar para él. En el camino me advirtió que no le dijera a nadie que ahora iba a ser una prostituta. A esas alturas, él ya no era mi novio. Yo no tenía papá, pero tenía padrote.

El detective que me presentó a Lily

Primero fui dentista y luego, ya mayor, estudié la carrera de derecho. Por esa época necesitaba hacer un proyecto para una fundación, porque estaba llevando una clase de desarrollo comunitario y te pedían colaborar en alguna. Alguien me habló de La Roca, una asociación civil que ayuda a niños y niñas. Cuando fui allí me dijeron que necesitaban un análisis legislativo y uno comparativo en el ámbito de la trata de personas, pero luego se dieron cuenta de que ya estaba hecho. Total, que empecé a involucrarme y acabé investigando el caso de una niña que estaba desaparecida ¡y encontramos a la niña! Así empezó todo.

En el caso de Lily, cuando ella se dio cuenta de que no era la única chica a la que estaba tomando el pelo el mismo sujeto, y que éste tenía el mismo modus operandi y varias novias y esposas, se desengañó y cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo.

Pero al principio Lily no se reconocía como una víctima de la trata de personas. Protegía a ese tipo. El día que decidió cantar, lo hizo como un pajarito. Recuerdo que estuvo en el albergue unos dos meses y no habló nada, ni una sola palabra. Cuando finalmente lo hizo, le poníamos una cinta en la boca.

Viaje a La Merced

Había conocido como esposa de un amigo del padrote a la chica que me enseñó cómo se tenía que trabajar en ese ambiente y a decirme cuánto tenía que cobrar. Los dos me habían llevado con un doctor para que me inyectara no sé cuántas cosas y, al final él me dijo: «Si te quedas embarazada, tendrás que abortar».

Luego el padrote nos llevó a las dos a la terminal para tomar un autobús a la Ciudad de México. Durante el viaje nos sentamos en la parte trasera y ella empezó a contarme todo el rollo. Cosas como cuánto tenía que cobrar por las posiciones. Llegando a la Ciudad de México, tomamos el metro rumbo a La Merced. Ella tenía una habitación allí en el hotel Necaxa. Recuerdo que era la número 206. Allí nos cambiamos, nos arreglamos y luego me llevó primero al hotel Las Cruces.

A la hora de entrevistarme con el recepcionista, me preguntó: «¿Qué año naciste?». Yo le dije que en 1991. Él dijo que no se creía que yo fuera mayor de edad, aunque tenía una credencial de elector. La chica que iba conmigo le rogó al bendito recepcionista, pero él no quiso, entonces ella se puso en contacto con otra muchacha. Le mandó un mensaje al celular. La otra chica estaba en el callejón de Santo Tomás, conocido como La Pasarela.

Fuimos a ese callejón y me quedé con la otra chica. Entramos en los departamentuchos que había allí; estaba la encargada, una señora a la que llamaban La Pancha. Era remala, tenía cara de bruja. Sin embargo, me aceptó, porque la otra chica me recomendó que dijera que yo ya había trabajado antes en Tijuana. Después llegó la hora de ponernos las zapatillas y yo no me las quería poner.

Me daba vergüenza porque había visto muchachas en la vía pública en el hotel Las Cruces. Recuerdo que me las quedaba mirando y me preguntaba: «¿Así voy a estar? No puede ser». Entonces una de las muchachas me regañó. Tuve que ponerme las zapatillas y me situé en la entrada, porque las chicas que iban llegando, las que eran nuevas, se ponían en la puerta, y así los hombres estaban alrededor y las observaban. Si veían a una nueva, todos querían pasar con ella.

Enseguida me escogió el primer tipo y pasamos, luego el segundo y así. Yo no sabía nada y se me ocurrió dejar los papeles de baño que había utilizado con los otros dos tipos; entonces una de las chicas que llevaba más tiempo allí me regañó y me dijo: «¡Saca los papeles de los dos que te tiraste!». Yo casi lloraba, pero no podía llorar porque había gente vigilándonos, y si veían a alguien así la regañaban.

De hecho, La Pancha regañaba continuamente también a la chica que estaba conmigo allí, porque ella era como mi maestra o responsable. La regañaba si yo masticaba chicle, si yo no daba vueltas por la calle, si hablaba por teléfono, o si no hacía bien la revisión de los clientes. Para entrar en los cuartos con el cliente, lo primero que hacíamos era revisarlos a todos. Si tenían celular, se los apagábamos, después tenían que pagar 60 pesos por el cuarto y 10 pesos por el condón y luego ya entrábamos. Cuando se terminaba todo, yo tenía que dejar al cliente de nuevo en la salida.

Acerca de los halcones

Te voy a contar cómo trabajan esos desgraciados. Analizan el entorno del mismo modo que un halcón antes de atrapar a su presa: dónde viven, quién es su familia, dónde se desenvuelve, dónde estudia. Una vez analizado todo, se acerca a ella y se lleva a su presa.

Hay casos de todo tipo: una niña de Guatemala que si te enseño sus fotos en Facebook, te quedas de piedra; es guapísima. ¿Y cómo llegó aquí? Era menor de edad, la durmieron y la trajeron hasta Toluca. En su pueblo de Guatemala le dijeron que se tomara unas pastillas para el mareo, y ella despertó en Toluca. La niña sólo quería ser modelo, y fue a un sitio con una amiga que le dijo: «Acompáñame, vamos por los uniformes». Y sucedió esto. Todavía no lo entendemos, ¿cómo puede cruzar la frontera una menor dormida y las autoridades no se dan cuenta?

Las edades desconocidas

El padrote me había dicho que pronto harían un operativo en La Merced y que cuando lo hicieran, si me preguntaban, yo dijera que no tenía padrote. Yo tenía que informarle de todo. Le decía cuándo me iba a trabajar y cuándo terminaba. Además, tenía que decirle cuánto dinero había ganado. Al día tenía que hacer entre 3 mil o 4 mil pesos para completar la cuota. Me exigía 20 mil pesos por semana. La primera semana sólo le di 15 mil y la segunda, 18 mil.

Todas mis compañeras tenían padrotes, aunque estaba prohibido decirlo. Cuando hablábamos de ellos pasaban cosas raras. Una vez recibí un mensaje de él diciéndome: «Ponte a trabajar, chingada madre». Luego se lo comenté a las demás y resulta que a ellas les habían llegado mensajes parecidos de sus padrotes justo cuando estábamos hablando de ellos.

Casi ninguna se rebelaba. Bueno, yo en una ocasión me puse bien loca porque me había bajado la regla y tenía que seguir trabajando poniéndome una esponja. Hice un show y el padrote tuvo que mandar a una chava para que pagara a La Pancha y que yo saliera, porque cuando ya estabas dentro del lugar, no podías salir tan fácilmente. Esa vez me fui a Puebla, y cuando llegó el padrote me echó una santa regañiza: «Es que tú estás loca, necesitas un psicólogo, ¿cómo se te ocurre hacer eso?». Me regañó fuerte y yo me quedé callada, no le decía nada porque era capaz de pegarme y no quería que me pegara. Ya de por sí había sufrido mucho cuando era chiquita. Te recomendamos: «La Suspiros» y otros personajes de La Merced.

Mientras pasaba esto, a veces yo decía: «Dios mío por qué me diste a una persona así como esposo. Bueno, pues que se haga tu voluntad sobre mi vida». Yo no sabía qué hacer. Intentaba no llorar delante de los demás, pero siempre que me quedaba solita no paraba de llorar. Hasta que un día la policía hizo un operativo y me llevaron a la Procuraduría. Era el 24 de julio de 2010. Nunca lo olvidaré.

Serían las dos de la tarde. Poco antes de que llegara la policía, avisaron de que irían, por lo que las compañeras más jóvenes se escondieron. A mí también me dijeron que me fuera, pero me quedé. Llegó la policía, nos llevaron a declarar, nos dieron de comer y luego nos enseñaron unas fotos de unas chicas que trabajaban allí y que habían sido asesinadas y luego quemadas.

Una de las agentes del Ministerio Público estaba en mi contra. Decía que yo era menor de edad y que tenía un padrote. Yo le decía que no. Aún lo negaba todo. Pasaron las horas, las demás chicas salieron y yo aún seguía allí. Me hicieron unos análisis médicos, ¿y qué crees que pasó? Resulta que yo no tenía los diecinueve años que creía y que decían mis papeles. Según los estudios médicos, era todavía menor de edad. Decían que a lo mejor mi mamá me aumentó la edad de bebé, pero, no sé; está medio raro.

Tlaxcaltecas

De cualquier modo, creo que los tratantes de mujeres no son tan sofisticados, porque también son gente de bajos recursos. El 80 por ciento de ellos nacieron en Tlaxcala, son de pueblos como Tenancingo, Zacatenco y San Pablo del Monte. No sé por qué tantos de ellos proceden de allí. En una ocasión un antropólogo me platicó que los indígenas tlaxcaltecas, cuando peleaban con los aztecas, iban por las mujeres, las secuestraban y se las llevaban. Tiene una explicación antropológica, pues desde aquellos tiempos se daba esa situación y de hecho continúan llevándose a las mujeres. En esos pueblos nadie puede entrar; si te metes en Tenancingo como reportero, corres el riesgo de que te agarren a palos.

En nuestros albergues ya hemos recibido más de 100 jóvenes de todos los estados de México, de muchos países de América Central (Belice, Guatemala, Honduras, El Salvador…), así como de Argentina y Cuba. Los casos son distintos; en algunos casos las engañaron haciéndoles creer que estaban enamorados de ellas; en otros, fueron secuestradas.

Hemos visto todo tipo de modalidades: la muchacha engañada, la que vendieron como niña, porque así son los usos y las costumbres en muchos pueblos, las muchachas de bajos recursos, las de altos recursos, la chica a quien violaba su padre desde hacía mucho tiempo, la joven a la que enamoraron porque soñó con que se casaría, la que metió la mano en el fuego y se quemó siendo menor de edad o incluso siendo mayor de edad… Hemos conocido toda clase de casos. Pero en estas historias siempre hay un tlaxcalteca, aunque muchas veces cambian su identidad y aparentan ser de otros lugares de México.

La cámara de Gessel

Como era menor de edad, me mandaron a un refugio de la Fundación Camino a Casa. Yo estaba muy triste porque a las demás las habían dejado ir y a mí no. Me recibieron unas niñas que estaban en la cocina preparándome de comer. Luego me dieron ropa, ya que yo había llegado sin nada. Al día siguiente llegaron las directoras de la fundación para hacerme unas preguntas. Yo bien rejega les decía que estaba allí porque quería, que nadie me explotaba ni me obligaba como ellas decían.

Pasaron muchos días hasta que tuve que ir a la Procuraduría a declarar. Llegué con un comandante, que me dijo: «¿Sabes qué?, tú sí tienes padrote. —Me lo quedé mirando—. Tu padrote también tiene a Lucero y a Carolina trabajando». (Lucero era la chica que me había llevado desde Puebla a México, la que había sido mi supuesta maestra. Y Carolina era la que me había llevado al callejón de Santo Tomás, donde estaba La Pancha.) La verdad es que eso me sacó de onda. El comandante añadió: «Vamos a hacer un convenio. Ese muchacho que ves sentado ahí se hace pasar por abogado, pero no es abogado. Supuestamente te quiere ayudar. Le van a dar cierta cantidad de dinero para que tú salgas y luego te llevará con los padrotes. Quiero que nos ayudes para seguirte y detener a tu padrote y a todos los demás». Yo le dije que sí y le di todos los datos que pude. Estaba muy enojada; me decía que denunciaría a ese estúpido y que la cosa no se quedaría así, ¿cómo podía ser que también fuera el padrote de la Carolina y la Lucero?.

Entonces me fui con el abogado. Me dijo que me llevaría a Circunvalación y que allí estaría Carolina. Pero ¿qué crees? Llegamos y no estaba Carolina, sino otra chica; y el comandante a quien quería era a Carolina. Entonces el abogado llamó por teléfono a Carolina y me la pasó. Yo le preguntaba por el padrote y ella no me decía nada hasta que de repente el padrote, desesperado, le quitó el teléfono para decirme: «Chingada madre, que te vayas para Puebla, ¿no ves que te están siguiendo? Métete en el Metro y ve a la central a comprar un boleto para Puebla, pero no des tu nombre». Él estaba en ese momento con Carolina escondido en Circunvalación y veía cómo me seguía la policía. Lo sé porque justo después de colgar vi pasar al padrote por allí a lo lejos. Se lo dije a la policía y lo persiguieron, pero no pudieron atraparlo porque se metió súper rápido en el Metro.

Una vez finalizado el borlote, el comandante se llevó a la muchacha que había mandado Carolina. Tuvieron dificultades para entrevistarla, porque la chava no sabía ni cuántos días tenía una semana, mucho menos cuántos meses el año. Estaba muy perdida; había estudiado muy poco, unos años de la primaria nada más.

El asunto es que al día siguiente dijo que la estaba llamando su padrote. Cuando sonaba el celular vi el número y me di cuenta de que era el mismo que el del mío. Me dio mucho coraje otra vez. Ella puso el altavoz y yo escuché lo que él le decía: «Hola, mi amor, recuerda que tienes que venir temprano para Puebla, porque tienes que lavar tu ropita y por la tarde vamos a salir por unos pantaloncitos.

—Luego le preguntó por la bruja. La bruja era yo, y ella le dijo que no sabía dónde me había metido—. La hija de su madre se tiene que haber metido entre las piedras», añadió, y luego se rió. Después de eso, el comandante se llevó a la chica a Puebla porque tenía que estar a una hora adecuada para reunirse con el padrote y que lo atrapara la policía. Y así fue como lo detuvieron y lo trajeron al DF. No pude verlo en persona porque me dijeron que era peligroso, pero me lo pusieron en la cámara de Gessel y lo reconocí de inmediato.

Entonces me enteré de que el padrote no se llamaba Alex Guzmán Herrera y que tampoco era de Querétaro ni tenía veinticinco años. Se llama Arturo Galindo Martínez, tenía treinta y cinco años y era de San Pablo del Monte, Tlaxcala.

Algo mexicano

Han pasado cinco años desde entonces y si hoy vas a La Merced, las jóvenes siguen en los callejones. Sobre Circunvalación y la calle que va hacia Arcos de Belén. Ahí están paradas todavía. No se trata de criminalizar a la mujer, porque la prostitución no es ilegal, pero ahí siguen. Y todas, las grandes inclusive, son víctimas de la explotación sexual. Aunque hay quienes dicen que no es cierto, pero la prostitución protege, promueve y fomenta la trata de personas. Ése es el problema.

Y no es cierto que haya policías que protegen estas redes. A estas redes las protegen también las autoridades judiciales, administrativas, de salud, de desarrollo urbano y una larga lista. Llevan 30 años trabajando en la zona. Hay quienes dicen —y no en broma— que las niñas de La Merced ya son patrimonio cultural de la Ciudad de México. Lo dicen de verdad. Dicen que es «pintoresco» y folclórico que esas chicas estén ahí. Que es algo mexicano.

Pero eso no tiene nada que ver con la cultura. Es un negocio. Una chica como Lily reunía de 3 mil a 4 mil pesos diarios, un mínimo de 20 mil pesos semanales. El padrote de ella tenía otras cuatro chicas más, o sea que ganaba unos 400 mil pesos mensuales, una enorme cantidad de dinero.

La Merced es el prostíbulo más grande de América Latina. Son muchísimas las mujeres que hay allí. En los pasillos de la Procuraduría dicen que unas 5 mil en total. Si es así, el negocio mensual sería de unos 400 millones de pesos. Por eso digo que esto no tiene nada que ver con la cultura.

Dios como psicólogo

Lily es bonita y núbil. Tiene una mirada brillante en sus ojos y un cuerpo moreno, tan macizo y estoico como suele permanecer un pájaro cuando no está en el aire. Su voz emite una rabia solemne cuando me relata su historia, cuando la canta.

—A lo largo de todos estos días, mientras me has contado lo que sucedió, te he visto fuerte, Lily. ¿Platicaste con psicólogos o qué hiciste? —le pregunto.

—No, no necesité de psicólogos, jamás fui con la psicóloga. Mi único psicólogo fue Dios.

El escape

Cuando Lily te dijo que no vio a una psicóloga después de lo que sucedió es porque la base del modelo de atención de la fundación es el aspecto espiritual. A las chicas no las puedes forzar para que se sometan a una terapia psicológica, pero lo que hacemos es involucrarlas en lo que nosotros hacemos, en la parte espiritual, que es tener una relación personal con Dios. Dios tiene algo que opinar, algo que decir, Dios está ahí para escucharte, Dios está ahí para sanarte, para cuidarte, para protegerte, para reintegrarte, para todo, pero ¿cómo lo descubres? Teniendo una relación personal con Él, no a través de ninguna persona. Eres tú con Él.

El encuentro con Dios te va fortaleciendo la autoestima para que no te vuelva a suceder lo que te ocurrió, para que no tengas ese problema de autoestima y entonces venga alguien y vea que tienes una necesidad o vives una circunstancia difícil. ¿Qué hiciste para acabar en esa situación? No estoy justificando el mal que los padrotes producen, ya que su proceder es incorrecto, pero ellas tenían una situación vulnerable y acabaron siendo víctimas de esos tipos y, bueno, nuestro modelo de atención se basa en trabajar ese aspecto.

Muchos critican lo que hacemos con las chicas. Dicen que somos demasiado religiosos, que somos de ultraderecha y cosas por el estilo, pero nosotros sabemos lo que estamos haciendo y ayudamos a muchas chicas como Lily a escapar de las redes de trata de personas en México, no sólo físicamente, sino también espiritualmente.

Sabaneta vieja, Sabaneta chica

Cuando era niña vivíamos en una ranchería apartada que se llama Sabaneta Vieja, y si querías ir a una ciudad tenías que caminar media hora hasta Sabaneta Chica, donde pasaba un camión hasta Tres Valles, el pueblo grande de la zona. El recuerdo más bonito de mi vida es cuando mi papá me llevaba de niña a la escuela. Iba siempre cargándome la mochila y yo era la niña más feliz del mundo. Un papá es lo mejor que le puede pasar en la vida a una niña.

 

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