Publicado en Destacado, ESTATAL.

Unos zapatos desgastados reposan sobre el ataúd de Cándido Ríos, para todos es muestra de lo mucho que caminaba para encontrar las causas que consideraba necesario que se contaran para que todos las conocieran.

Unas horas antes, dos mujeres rociaron agua bendita en el sitio donde lo mataron -una gasolinera de Juan Díaz Covarrubias-, por aquello de alejar los malos espíritus pero también buscando el descanso de aquel personaje que todos los días veían chiflar mientras les entregaba el periódico con notas que él mismo escribía.

Para Rosa y Eva Carcaño Chagala, la labor que hacía Cándido era importante pues se trataba del único que informaba lo que sucedía en la región y evidenciaba a quienes ejercían la función pública. Ellas no son sus familiares, solo lo conocían por su trabajo que se convirtió en uno de gran importancia en un lugar donde poco fluye la información.

“Aquí en el pueblo se vive mucha injusticia sabes, injusticias que muchas personas no denuncian; él denunciaba eso”, sentenció su hija Cristina Ríos Nieves.

Mil 500 pesos semanales y las ganancias de 300 periódicos diarios que él mismo debía vender, era lo que recibía por hacer un trabajo que posiblemente fue lo que le costó la vida.

“En el fondo él sabía que esto iba a pasar. Indirectamente nos preparó para eso”, sentenció fervientemente su hija.

Ella no era la única que creía que algo malo le pasaría a su papá por informar a las personas, la esposa de Cándido, Hilda Nieves, siempre le repetía que se saliera de esa profesión por el riesgo que corría.  Nieves cuenta que a pesar de sus súplicas y ruegos, Cándido nunca quiso dejar su profesión y cada vez que algo pasaba era el primero en ir a buscar información, confrontar a los funcionarios y entregar en la mano a las personas el periódico para que leyeran lo que sucedía en su municipio.

“Hizo muchas cosas, desde pequeña estaba defendiendo persona, diciendo no estoy de acuerdo a presidentes municipales; siguió defendiendo gente a través de abogados de oficio y llego al periodismo y ahí se quedó, eso fue lo que le gustó, eso fue lo que le apasionó”, contó su hija en un tono entre orgullo y resignación.

Su primer trabajo como periodista fue en un diario de Coatzacoalcos, según dice su jefe Cecilio Pérez, pero el proyecto murió.  Después pidió la oportunidad de empezar a publicar en Diario de Acayucan, “la voz del pueblo” -como él le decía- y finalmente creó su propio medio “La voz de Hueyapan”. Entonces intercalaba ambos con el trabajo de repartir el periódico.

Su andar era lento. Una hernia en la pierna producida por los golpes que le dieron en un levantón para intentar callarlo le producía cojera. No lo callaron.  Las amenazas que en los días previos a su muerte llegaban a su celular, no lo callaron. Su último día de vida, llegaron a buscarlo unas personas de la sierra para que los ayudara en algo. No se sabe a ciencia cierta que más hizo hasta el momento en que estaba conviviendo con unos conocidos y recibió los disparos que le hicieron perder la vida y lo callaron.

Fuente y foto: AVC/doh

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