Publicado en Destacado, NACIONAL.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¿Por qué un sector de la sociedad mexicana rechaza, descalifica e insulta furiosamente a Andrés Manuel López Obrador? ¿Por qué estos grupos radicales –por lo regular ubicados en la clase media y alta– sienten tanto odio y animadversión hacia él? ¿Por qué su figura despierta tanto encono, resentimiento y hasta desprecio en algunos sectores de México?

Estas preguntas podrían parecer superfluas, puesto que López Obrador se muestra como el candidato presidencial más respaldado de los últimos años. Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre el fenómeno del odio debido a las múltiples conexiones que establece con la problemática de la intolerancia social y la pluralidad política.

Sabemos que las descalificaciones a los adversarios políticos se fundamentan en una razón eminentemente pragmática: éstos intentan a toda costa conservar los privilegios que ofrece el poder. Las respuestas de odio, en este sentido, deben comprenderse como estrategias de afrontamiento muy rudimentarias –casi instintivas– que se manifiestan y emergen cuando los argumentos resultan insuficientes.

Pero más allá de esta aproximación eminentemente práctica, existen ciertos indicadores psicológicos que pueden dar cuenta no sólo de las razones del odio político, el encono y el desprecio clasista que se experimenta hacia la figura de AMLO, sino también de los afectos positivos que el candidato evoca. Y estos indicadores pueden articularse en una frase sencilla pero incuestionable desde una perspectiva psicosocial: antes que nada, López Obrador es un candidato que moviliza afectos y emociones.

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