Publicado en Columnistas, Destacado.

“Me permito informarle que en este momento su esposa está en brazos de otro hombre”. Eso le dijo el mayordomo James a su patrón, lord Feebledick. Requirió éste su rifle Magnum, el que había usado en India en la cacería del tigre, y acompañado por James se dirigió a la alcoba conyugal. En efecto, ahí estaba lady Loosebloomers refocilándose con Wellh Ung, el pelirrojo mancebo encargado de la cría de faisanes. Tomó puntería lord Feebledick y disparó. El tiro dio en la nalga izquierda del jayán, que salió del aposento a todo correr gritando: “Oh little mother!”. (“¡Ay mamacita!” en español). “Excelente tiro, milord -felicitó el mayordomo a Feebledick-. Y eso que la pieza se estaba moviendo bastante”… Don Adolfo Ruiz Cortines, el último mandatario mexicano que usó sombrero de señor -no de vaquero del Oeste-, solía colocárselo en el pecho a fin de que nadie se atreviera a abrazar al Presidente de la República. Gustavo Díaz Ordaz leía sus discursos, pues -afirmaba- no quería exponer la investidura presidencial a los riesgos de la improvisación. Desde luego los tiempos han cambiado -cambiar es una de sus especialidades, junto con la de pasar- y en nuestros días sería cosa absurda pedirle al Presidente esa solemnidad y esa reserva. Aun así conviene enfatizar la importancia de que el titular del Poder Ejecutivo cuide sus palabras, pues por venir de quien vienen serán siempre sopesadas y sujetas a escrutinio. Ciertamente tuvo visos de amenaza lo que Peña Nieto dijo acerca de quienes denunciaron acciones de espionaje. Lo prueba el hecho de que a poco el Presidente tuvo que cantar la palinodia. (Esta expresión, muy poco usada ya, significa retractarse de lo dicho, reconocer el yerro que se cometió). Yo entiendo al Presidente: debe hablar a cada paso, y acerca de mil temas distintos, las más de las veces sin tiempo para preparar su intervención. Pero eso mismo debería moverlo a ser más cauto, a poner mayor cuidado en sus palabras. Sus adversarios están pendientes de cada paso que da, de cada palabra que dice, para echarle en cara sus errores, con razón o sin ella. Por eso el Presidente ha de cuidarse. Sobre todo de sí mismo… Saltillo, mi ciudad, es lugar de clima bonancible. Sin embargo, en estos días estamos padeciendo una onda de calor muy mala onda. No obstante, seguimos siendo un oasis de frescura si se nos compara con las ciudades circunvecinas, cuyos demonios -se dice- regresan al infierno a fin de refrescarse. Eso me hace recordar, a contrariis, la historia de aquel tipo que era muy friolento. Vivía tiritando de frío. Ni las más gruesas ropas y pesados edredones lo hacían entrar en calor, y aunque en su casa ponía la calefacción al máximo jamás podía librarse del frío que lo congelaba. Murió por fin, víctima de su friura, y como nunca había cometido ningún pecado -estaba helado siempre- fue a dar directo al Cielo. De nada le sirvió esa ventura: ahí sintió también gran gelidez. Sus incesantes quejas y demandas de aparatos caloríferos hartaron a San Pedro, que le dijo: “El único lugar que conozco donde podrías entrar en calor es el infierno. Si quieres haré arreglos para enviarte ahí”. “¡A donde sea envíame! -clamó desesperado el hombre-. ¡No quiero ya sufrir esta temperatura polar!”. El apóstol de las llaves hizo los trámites necesarios -al parecer el cielo y el infierno están en buenos términos-, y el individuo fue admitido en el erebo. Pasaron unos días y San Pedro sintió curiosidad por saber cómo le iba al friolento en la morada de las llamas. Bajó, pues, al infierno, y llamó a la puerta. La abrió un demonio. Desde adentró se oyó una temblorosa voz: “¡Cierren esa puerta!”… FIN.

 

Fuente: (El Mañana)

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